El violento atardecer de su nueva muerte - Chapter 1

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El violento atardecer de su nueva muerte

by hikarishiroki

Libraries: Action, Alternate Universe, Male/Male - Shounen-Ai, Misc Literary Works, One Shots

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Written on spanish. Daniel Molloy, siguiendo los pasos de su querido Armand, llega a Kiev, ciudad natal de este ser de la noche, allí se encuentra con una singular presencia que llama su atención.

El violento atardecer de su nueva muerte

Fandom: Vampire chronicles fanfiction

Pareja: Lestat x Daniel.

Calificación: Safework (a kiss).

Género: shounen-si

Declaración: el concepto y la idea original de las crónicas vampíricas pertenecen a Anne Rice.

Estado: terminado.

 

 

 

El violento atardecer de una nueva muerte

 

 

 

Las tardes nunca se repetían.
    Lo único que Daniel recordaba de su vida anterior era que las tardes nunca se repetían. Un día tranquilo se sentaba frente al televisor a observar documentales viejos sobre las guerras modernas o confrontaciones territoriales en las noticias, otras recorría los enormes pasillos de la biblioteca pública de New York buscando datos sueltos en los archivos de historia para aseverar el relato de alguno de sus ocasionales entrevistados, algunas otras manejaba a casa a 120 km/h en su descapotable rojo mientras conversaba por celular con su editor, prometiéndole que a la semana siguiente tendría el manuscrito prometido encima de su escritorio, mientras sus padres lo esperaban en casa para una fugaz visita de fin de semana en la cual lograra que su madre le lavara la ropa para la siguiente semana. Las tardes lo encontraban en lugares diferentes casi todos los días, el sol siempre estuvo ahí, olvidado, no era lo importante.
     Aún podía recordar la suave y fuerte voz de Louis perdiéndose por entre las paredes de la casona de Nueva Orleans, gimiendo por la pérdida del sol, gimiendo por las pérdida de tantas cosas que aún extrañaba de la vida que parecía correr todavía por sus venas.
     El sol nunca fue importante para Daniel, sus padres tampoco, ancianos ahora a un paso de la muerte que los aguardaba insaciable, y que Daniel secretamente esperaba ansioso para poder dejar de tener ese molesto enlace al siglo que le recordaba que antes había sido humano, que sus orígenes estaban con sus presas de cada noche... que antes había sido amado y que ahora...
     Lo que era importante para Daniel en esas tardes trastornantes era la agilidad con que se desenvolvía en ellas, los humanos como él en ese entonces lo sentían cerca y deseaban su contacto, lo buscaban con la mirada en aquellas tardes que salía a buscar entrevistas, ansiosos cada cual de un poco de atención, un poco de aceptación; Daniel sabía darles algo que los sosegaba, que hacía que soltaran en sus lenguas extraños relatos de vidas llenas de miseria y de valor, orgullo y amor, desenfreno y derrota, era algo que ahora él mismo no entendía, pero que deseaba y añoraba más que nunca.
     Tal vez, si lo recordara, esa sensación de aceptación y de necesidad inmediata que solía desprender... sabría cuál era la razón por la que Armand lo eligió, el porqué de hacerlo su único hijo en la oscuridad... qué era lo que el niño inmortal amaba de Daniel, qué fue lo que perdió e hizo que Armand lo dejara.
     Armand, el pequeño Armand... ahora lo recordaba y la sonrisa de antaño se reflejaba en sus labios secos.
     Hacía quince noches que no bebía sangre, el hambre lo hacía trastabillar por momentos, observando a los hombres y a las mujeres a su alrededor caminar apaciblemente en la tardía noche del festival en Kiev; bajo las luces de los reflectores en Plaza de la Independencia, Kreschatyk no era el lugar que había imaginado, guiado por los relatos que David había recopilado de viva boca de su querido maestro, este lugar exuberante con el Hotel Central frente a la plaza, como vigilándola, y los muchos jóvenes que remojaban sus pies en la pileta central, una ciudad que no duerme... y que esperaba por él.
     La cercanía del calor de los cuerpos, el sonido irresistible de los corazones bombeando la preciada sangre a las arterias, las miradas eróticas de ingenuas mujeres que cruzaban su camino... aún no tenía el tipo de hambre que le dejaba un mes sin alimentarse, totalmente fuera de sí y delirante, casi enfermo, logrando hacerlo atacar a más de tres víctimas en una noche antes de poder obtener algo de control sobre sí mismo... no deseaba atacar a nadie de otra forma, era cierto que la discriminación entre seres torcidos de ingenuos transeúntes que su maestro y la mayoría de los vampiros hacían, guiados por reglas auto-impuestas, a la hora de cazar siempre había llamado su atención poderosamente; pero no como Louis que mataba por igual al primero que se cruzara en su camino y sentía seguir algún designio divino al hacerlo, Daniel tan solo deseaba desobedecer, esperaba el momento en que perdía la conciencia sobre sí mismo y el hambre llenaba todo su ser, el momento después de la abstinencia de meses que convertía a los de su raza en lo que él creía su forma más pura... y cómo disfrutaba en esos instantes llenarse de la sangre, desbaratarle la vida a otra persona y disfrutar el hecho de matar para sobrevivir.
     La gente, el movimiento, la vida, lo llenaba con sus olores y sus bramares, aunque el hambre no era persistente, estaba ahí, así que decidió alejarse de ellos. Al fin y al cabo, lo que había venido a buscar no eran vivos en esa ciudad.
     Cuando se alejó de todas las voces que lo rodeaban, cuando se encontró cercano a las antiguas paredes de los monasterios de mitad de siglo XV, pudo escuchar otros sonidos, los sonidos de la oscuridad y de la penumbra, los sonidos de muerte milenaria y callada.
     Las puertas de los monasterios ahora se encontraban arregladas para recibir a los visitantes, las santas piedras antiguas que antaño no permitían mujeres en su interior, ahora se encontraban lustrosas y pintadas para recibir turistas de todas partes del mundo, hombres, mujeres y niños de todos los colores y tamaños le quitaban la santidad a aquellos muros día tras día.
     Daniel sonrío mientras pasaba de largo esa primera entrada, imaginando en su cabeza todos los monjes sacrificando su vida a Dios y siendo lapidados vivos en las paredes de esos monasterios, con sus cadáveres gritando aún ahora ahí, entre la oscuridad. Ah, sí, los podía escuchar, lejanamente al principio, fuertemente a medida que sus pasos resonaban por los corredores vacíos y arruinados, gritos de desesperación y de hambre, gritos de miedo, soledad y perdición. ¿Dónde estaban las plegarias que los reconfortaban hasta entonces en la oscuridad de sus celdas?, aún aguantando el hambre con ayunos tortuosos, sabiendo que finalmente su suplicio terminaría en un par de días más, sabiendo que finalmente Dios los bendeciría por sus sacrificios. Ah... pero si gritan, si se desesperan, aún así...¿Dios los salvará?... en el momento en que debían ser más fuertes, en el momento en que se encontraban realizando la prueba final, sin otra opción que esperar la muerte, los novicios escuchando su cobardía durante todas las noches... ¿qué sería de la salvación de sus almas?
     Rodeando el edificio en busca de la claridad del sonido, Daniel llegó a una ruinosa construcción apenas en pie, un cartel avisaba de lo precaria de la condición y su pronta reparación, un cartel que por lo lleno de polvo delataba que había sido guardián de esas ruinas por mitad de siglo.
     Nadie se encontraba en las cercanías de tales ruinas, Daniel se introdujo rápidamente y en un segundo se encontró oculto de la vista de inocentes en el interior de la construcción de piedras. Los techos, el piso y las paredes eran blancos ahora, antiguamente las piedras negras recortadas que lo conformaban brillaban aún en la oscuridad más profunda, ahora esas mismas piedras parecían caerse a pedazos con cada paso que el vampiro de ojos púrpuras hacía al adentrarse en los corredores.
     Los gritos se desplazaban de un lado al otro, frente a frente en los muros del pasillo que recorría, sus manos extendidas tocando ambos muros al mismo tiempo para sentir con mayor plenitud el confinamiento y la locura de aquellas almas en pena que gritaban su suplicio cada noche desde hacía más de 500 años, placentero; pero no eran ellos los que lo habían llamado ahí, Daniel había venido siguiendo un llamado en particular.
     Ya desde la Plaza de la Independencia, ya desde el Hotel Central en el que estaba hospedado, Daniel sentía esta irresistible voz que lo llamaba. Por fin la sentía muy cerca de él en esas paredes, con cada paso que daba, su voz se hacía más fuerte... con cada paso que daba, sus susurros se hacían más claros.
     "Odio las noches... odio la luna... odio las noches... odio las lunas..."
     La voz persistente se avocaba a repetir esa frase como una mantra que se esemeraba en alejar a la noche que ya presente.
     La voz pertenecía a una mujer... se repetía constantemente, y no lo llamaba, no llamaba a nadie, al contrario, alejaba a todos. La voz advertía a todos que se mantuvieran alejados. Que no osaran acercarse.
     Pero Daniel nunca fue capaz de resistir una prohibición cuando se la daban tan claramente. Una pared revestida de negro terminaba el pasillo, las piedras no estaban envejecidas por el tiempo, sino que parecían recién recortadas para sellar a un nuevo monje en su interior.
     Daniel se recostó suavemente sobre la pared con todo su cuerpo, sintiendo el frío de las piedras recorrer sus sentidos, escuchando el interior de esa guarida.
     La voz se repetía monótona y sin fuerzas, lejana a todas las cosas vivas que gritaban y danzaban a 15 km debajo de ellos en la ciudad. Una mujer sola... joven, por el ritmo de su corazón... al borde de la muerte por inanición, Daniel comprendía todas estas cosas y aún así no se movía, apoyado dócilmente en la pared se mantuvo por más de una hora escuchando la voz de esa mujer del otro lado.
     ¿Moriría? si la dejaba ahí, seguramente lo haría; pero aunque entrara con ella en esos momentos, no podía garantizar su vida... el hambre que lo había alejado de la multitud en la plaza de Kiev, ahora se volvía fuerte y alocada mientras escuchaba el mantra de aquella mujer, cada palabra lo hacía desear más su sangre, los latidos de su corazón eran débiles y sobrecogedores... hacían que su propio corazón latiera junto al de ella... pausados, monótonos, tañideros.
     Algo más le extrañaba, aunque escuchaba su voz con claridad, no podía hacer nada por escuchar su pensamiento, las voces de los vivos siempre llegan claramente a los oídos de los inmortales, sus pensamientos llegan a sus corazones casi tan nítidamente, con un poco de práctica es fácil saber hacerlos llegar. Pero esta mujer no dejaba que ninguno de sus pensamientos salieran de su mente, Daniel se esforzaba en escuchar algo más que la voz, se inclinaba y casi forzaba sus manos por entre las piedras del muro y no conseguía nada.
     ¿Quién era esta mujer? ¿Por qué no dejaba a otros inmortales gozar de la desesperación de su mente? ¿Cómo podía ocultarla?
     Y Daniel escuchaba y escuchaba, una y otra vez la voz de la mujer hasta que sus palabras dejaron de tener sentido y su pensamiento era lo único que le importaba, el pensamiento que no podía escuchar, oculto en lo más recóndito de la mente de esa mujer, de tal forma que ningún inmortal pudiera leerlo. En un momento de arrebato deseó que dejara de hablar para poder entrar en su mente, pero la voz permanecía ahí, firme, monótona y vacía de emociones. De un momento a otro la voz casi lastimaba sus oídos y deseaba que se callara, el hambre y el esfuerzo hacían que sus movimientos fueran demasiado toscos, que su voz fuera demasiado fuerte.
     "¡Deja de repetir lo mismo!" por fin se escuchó decir en voz fuerte sin entender por qué lo hacía.
     La voz se detuvo.
     Daniel no escuchaba nada, ni siquiera los latidos de la mujer encerrada en esos muros. De pronto el clamor de los monjes lapidados a su lado se hizo presente una vez más, las voces lo ensordecían y alteraban, podía percibir el silencio del otro lado del muro frente a él, silencio de tumba.
     La pared cedió con un fuerte estallido ante la presión de los puños de Daniel, el polvo de las piedras recién sacadas de su formación por un momento impidieron a la mujer distinguir a la figura que había entrado con tanto ruido a su improvisada prisión. La estancia era pequeña y completamente oscura, iluminada vagamente por un alto tragaluz que su captor había usado para salir trepando por las paredes con la agilidad de su raza.
     El hombre frente a ella era alto y delgado, el polvo se fue disipando y la poca luz de la noche le mostró unos cortos cabellos rubios casi plateados que envolvían el rostro tremendamente pálido y varonil de un hombre que no podía estar vivo, sus brillantes ojos púrpuras resplandecían en la noche como si fueran la propia luz de la luna que venía a dictarle su destino finalmente, su rostro hizo una mueca que ella trató de adivinar que era una sonrisa al momento de mirarla.
     Daniel vio frente a él a la más exquisita criatura que hubiera podido imaginar, grandes ojos de color del oro observándolo fijamente sin mostrar emoción desde el rostro más delicado y angelical que había visto hasta entonces, su cabellos castaños creciendo abundantemente en ondas que perfilaban su cuerpo delgado y las curvas que lo hacían tan exuberante, su piel clara aún rebozaba la calidez de la sangre tibia en sus venas y sus manos delicadas tratando de cubrir sus pechos totalmente expuestos casi sin esfuerzo.
     La mujer estaba desnuda, incorporándose de un baño de sangre que la mantenía pegada a las piedras rotas en las que se recostaba tratando de ponerse en pie, sus dos piernas estaban rotas y por la posición en que se encontraban no tenían esperanzas de cura, la sangre había salido de ellas pero principalmente de su cuello y pecho que parecía haber sido desgarrado por un animal salvaje.
     La belleza de tal sacrificio llegó entonces a Daniel en toda su plenitud y le hizo dudar de si hacía lo correcto al entrar en una guarida tan celosamente escondida.
     "Al parecer alguien te quiere aquí adentro, por una larga temporada" - fue el primer comentario que salió de la boca de Daniel antes de sentirse confiado nuevamente y dar pasos ociosos hasta alcanzar a aquel ángel caído.
     "¿Eres uno de ellos?" -le preguntó el ángel con una voz que no concordaba con la expresión de niña que su rostro tenía, recordándole la voz que repetía el mantra hasta hacía unas horas.
     Daniel se sorprendió como si hubiera sido la primera vez que la escuchaba, su rostro impasible y su corazón en un brinco, trató nuevamente de escuchar los pensamientos tras ese rostro angelical y esa voz de hereje, pero no lo lograba.
     "¿Uno de quiénes?" -fue la inmediata repregunta de Daniel hincándose en cuclillas a los pies de la joven.
     Hubiera deseado ser humano como antes y tener un cigarrillo en la boca, observar un rato más a la criatura desnuda frente a él y reír como siempre lo hacía con las cosas que ahora veía simples y sin ningún tipo de excitación.
     La mujer calló, sus grandes ojos dorados lo miraban fijamente queriendo comprender qué era el ente frente a ella... alto, con vida aún pero sin ella, casi humano pero con una luz en la mirada que delataba lo demoníaco de sus actos.
     "¿Cómo te llamas?" -le preguntó Daniel al cabo de un rato en que ambos habían pasado sin hablar, estudiándose mutuamente.
     Ella no le respondió, esquivó su mirada e hizo un auténtico esfuerzo de cubrir su cuerpo con sus manos lo más que pudo, mirando con desprecio al ser frente a ella que estaba completamente vestido.
     Daniel, aún incapaz de leer sus pensamientos o cualquier emoción en ese rostro impenetrable, se limitaba a sonreír, observándola divertido tratar de cubrirse.
     "¿Quieres salir de aquí?" -le preguntó Daniel incorporándose lo suficiente como para quitarse el saco y extendérselo tal vez con demasiada rapidez.
     La mujer lo miró sorprendida, tomándolo en consideración por un minuto antes de hundir su rostro en las manos sobre su pecho, mientras se abrigaba cuanto podía con la prenda prestada. Luego habló nuevamente.
     "Sí..."
     Daniel se puso de pie e inspeccionó el tragaluz en sus cabezas, estaba muy alto y alejado de las paredes como para que un humano pudiera trepar por esa lisa superficie que envolvía el cuarto y salir a través de él, aunque el tamaño de la abertura seguramente lo permitía. La poca luz que salía de él llenaba de penumbras los alrededores de la celda y sólo dejaba entrever a los integrantes del centro de ésta. Si hubiera habido luna esa noche tal vez sería diferente.
     "Salgamos por ahí" -le planteó Daniel señalándole el tragaluz en sus cabezas.
     La mujer lo miró con un gesto de cautela nuevamente, entendiendo claramente que su interlocutor no estaba bromeando. No respondió más que muy quedamente, aunque perfectamente audible para Daniel.
     "Él, salió por ahí..." -nuevamente su rostro en blanco y los latidos de su corazón nulos como si hubiera muerto en un instante.
     Daniel la observó seriamente tratando de leer sus pensamientos, pero no pudo lograr nada, así que se decidió a preguntarle.
     "¿El que te dejó encerrada?"
     La mujer agachó la cabeza y asintió brevemente.
     "¿Él te hizo eso?" -le preguntó Daniel arrodillándose nuevamente a su lado.
     La mujer lo miró gravemente y no le respondió.
     Algo en sus facciones había cambiado, su rostro no reflejaba nada pero su cuerpo parecía convulsionar por momentos, a pesar del enorme esfuerzo que ella realizaba por mantenerlo quieto. Daniel se acercó a ella y la sacudió un poco para sacarla del trance, sus largos cabellos cayendo sobre sus hombros y cubriendo las manos de su liberador.
     De pronto, soltó un grito, tan fuerte y desgarrador como Daniel nunca había oído gritar aser humano o criatura con anterioridad, y la noche quedó en silencio mientras ella se quedaba muy quieta y rendida en el suelo, la sangre volviendo a manar de las heridas en el cuello y en el pecho.
     Daniel se levantó precipitadamente, casi huyendo.
     La sangre brotaba en cantidades asombrosas y cubría todo su cuerpo y su hermoso cabello se tornaba en una maraña que la absorbía y parecía crecer con la sangre. Los brazos de la mujer fuertemente aferrados al saco que la cubría y que ahora se tornaba completamente rojo.
     El hambre volvió con una fuerza asombrosa una vez más, la vista de la sangre y la mujer a medio desfallecer frente a él lo abrumaban, se llevó su mano a la boca y rápidamente la mordió sólo para saborear un poco de su propia sangre y calmar sus ansias.
     Ella estaba muy quieta ahora, la sangre se detenía y por fin parecía que el dolor que la había aprisionado la dejaba descansar. Nuevamente trató pesadamente de incorporarse lo mejor que pudo sobre los fragmentos de piedras que le servían de lecho para dormir. Su mirada se volcó a Daniel y su expresión por poco y hace que el vampiro lance un gemido, realmente no era humana...
     "Quiero salir... pero no debo" -le relató la mujer con una voz que delataba su cansancio y su resignación- "déjame aquí antes que él regrese o suceda algo peor".
     Y al decir esto cerró los ojos por un momento y volteó el rostro como queriendo ahuyentar un pensamiento aterrador de su mente, nuevamente Daniel no pudo leer nada en ella.
     "¿Qué eres?"
     Le preguntó Daniel firmemente, tal vez en forma cruel, pensó para sí mismo, para alguien que aún no había abandonado la idea de regresar salva y sana a su vida anterior.
     "¡Mi nombre es Sandra!" -le respondió la mujer casi reprochándole la pregunta- "¡soy una mujer,... fui atacada, y ahora voy a morir... eso es todo" -aunque no dejaba de apretar los dientes desafiantemente al dirigirse a Daniel, su mirada finalmente bajó en forma irritada- "ahora vete si no quieres morir."
     Daniel la escuchó pero no se inmutó ante ninguna de sus palabras, incluso sonrío al serle tendida la amenaza de muerte... a él.
     "¿Quién te atacó?" -le dijo arrodillándose por tercera vez a su lado. De lo cual se arrepintió al instante, el olor de la sangre reciente tan cerca de su rostro que tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para que Sandra no notara el hambre que recorría todo su cuerpo, casi alocadamente.
     Pero no se movió, porque en ese momento los ojos de Sandra lo observaron sobrecogida y casi a punto de hacer quebrar la máscara que escondía sus emociones en ese rostro de niña que seguramente ansiaba tanto llorar.
     "Él me dijo..." -comenzó a relatarle Sandra con un hilo de voz que se quebraba por momentos y que hacía que su rostro cayera sobre ambos hombros que casi se chocaban al cruzar sus brazos en su pecho- "... que en la siguiente luna sería como él... luego trepó por las paredes y salió por el tragaluz."
     Y sus ojos se dirigieron al halo de luz que salía a través de la abertura en el techo.
     "Cuando llegue la luna estarás fuerte otra vez... serás uno de nosotros..." -siguió relatando la joven como si reviviera esos momentos de desesperación nuevamente- "... y que debía esperar, con resignación..."
     "¿Qué era él?" -le volvió a interrogar Daniel poniéndose de pie y frotando su rostro con una mano para alejar el olor de la sangre que ya empezaba a ponerlo en el sopor anterior a la locura de la caza.
     "Lo que seré yo de ahora en adelante... cada noche de luna llena..."
     Y Sandra calló, demasiado temerosa de continuar, demasiado cansada para hacerlo.
     Daniel había escuchado historias de hombres lobos anteriormente, lo mismo que cualquier humano, la única historia real que había escuchado alguna vez de ellos había venido de boca del propio Lestat y ahora fragmentos de aquella conversación se proyectaban en su mente.
 
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    La villa en las afueras de París en un noche de invierno hacía más de medio año, Daniel, como siempre había elegido alejarse de la compañía de los otros inmortales, el elegido había sido esta vez Marius, el legendario maestro de su creador Armand, que había tratado de ser compasivo con el que una vez había sido llamado el amante del ángel.
     Daniel se deshizo de su compañía hacia un año atrás en Inglaterra, cuando Marius estaba demasiado concentrado en conversar con Khayman sobre jerga de ancianos, como Daniel tan abiertamente les había dicho en sus caras. Marius no estuvo muy contento entonces, y ciertamente no estaba de acuerdo en que dejara su ala protectora tan pronto, pero también con la misma celeridad en que emitió tal juicio Daniel le dijo que le importaba un bledo lo que él creyera o no y su inmortalidad era para gastársela como mejor le pareciera a él solo.
     La villa en la que se estableció después de ello estaba muy alejada de la visión de Marius como para que el mayor se tomara la molestia de ir a sacarlo de ahí, eso o que Marius perdiera el interés en él lo había dejado a sus anchas en ese rincón del mundo.
     La noche en que Lestat apareció ante él en las calles de París había sido su noche elegida para cazar, o más que elegida, la noche en que por fin su instinto asesino se había apoderado de su cuerpo y le exigió la sangre tan deseada.
     Lestat apareció ante él después de su cuarta víctima de la noche, hubiera seguido en cacería por tres o cuatro infortunados más de no ser por él. Lo tomó de uno de sus hombros y lo alejó del joven muerto sin que supiera quién era hasta que estuvo cara a cara frente a él. Luego de deshacerse convenientemente de un ahogado más por la borrachera de las noches de fin de semana en el río Sena, Daniel llevó a Lestat a su villa.
     Lestat se sintió a sus anchas allí, el lugar era cálido por la chimenea que lo ahogaba, la tormenta en las afueras no parecía real bajo un techo y la protección de paredes de piedras.
     Daniel recordaba haber observado a Lestat sentarse cómodamente en el sofá cercano al fuego y extender sus largas piernas hacia la chimenea, descongelando sus botas. Luego levantar el hermoso rostro hacia Daniel con una enorme sonrisa que mostraba todos sus dientes, especialmente sus filudos colmillos que parecían deseosos por más sangre, su aire relajado le hizo recordar lo mucho que había querido conocerlo en aquellos tiempos cercanos a la entrevista sostenida con Louis en Nueva Orleans, cuando por primera vez, supo de la existencia de los vampiros.
     "Ven"
     Lestat lo llamó extendiendo sus brazos hacia el joven vampiro, y Daniel sintió la sangre reciente calentándose en el interior de su cuerpo, haciéndolo ser complaciente hacia uno de los que consideraba su maestro.
     Al llegar hasta Lestat se arrodilló al lado de su sillón y dejó que una de las manos del vampiro de cabello largo le acariciara la mejilla, antes de apoyar ésta en las piernas de su invocador y quedarse en silencio observando crepitar el fuego en la chimenea. Estuvieron horas en esta posición, Lestat acariciando lentamente el corto cabello de Daniel, éste sin moverse, sintiendo el calor de las llamas calentar su cuerpo con celeridad.
     Afuera, en la tormenta, se escuchó el aullido de un lobo, y fue como un resorte que hizo que Daniel hablara.
     "¿No mataste una vez a cuatro,... cuando eras humano aún?"
     La risa relajada de Lestat no se hizo esperar, una risa chasqueante y muy suelta, que la mayoría de inmortales encontraba irritante después de haberla escuchado un par de veces.
     "Sí... has estudiado muy bien mi libro"
     Y las caricias en su cabello no cesaban.
     "Lo leí, Armand no estaba conmigo en ese momento, así que lo pude leer cuantas veces quise"
     "¿Qué te pareció?" -le preguntó algo atento Lestat.
     "No lo sé... aún hay muchas cosas que desconozco" -sentenció Daniel y un nuevo aullido se pudo escuchar fuerte y lejano en la oscuridad del bosque alrededor de la villa.
     "Un hombre lobo suena exactamente como ese aullido..." -le respondió Lestat después de un minuto de silencio.
     Daniel levantó la mirada hacia el rostro resplandeciente del vampiro encima suyo, "¿hombre lobo?".
     "Aún ahora... ¿dudas de su existencia?" -Lestat le respondió acariciando nuevamente su rostro, sus ojos siguiendo intensamente los contornos que tocaba con sus frías manos, el calor de la sangre que Daniel había bebido aún fuerte en su interior.
     Daniel reflexionó un poco al respecto, con la distrayente mirada de Lestat muy atenta sobre él.
     "Nunca había escuchado hablar de ellos..." -le respondió Daniel bajando la cabeza por un instante antes de ser levantada nuevamente por la insistente mano de Lestat, que la sujetaba con un poco de firmeza ahora.
     "Hace unos años regresé a París" -le comenzó a relatar Lestat acercando su rostro al de Daniel, sus ojos clavados en los de él- "y hablé con una de estas criaturas..."
     Sus labios, gélidos al principio, cálidos una vez que probara un poco de la sangre de Daniel desde los labios de éste, no dejaban de hablar sin articular sonido, sus manos estirando su rostro hacia el extremo opuesto, acariciando su cuello, sus labios sobre él y su mente sin dejar nunca de transmitir esos momentos vividos atrás. El dolor de su carne siendo desgarrada apenas, por grandes y filosos colmillos, la sangre cazada siendo compartida ahora.
 
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    Daniel recordaba detalles de esa conversación, la luna llena inicia al hombre lobo en su nueva vida, una vez que se convierten por primera vez no hay vuelta atrás, dejan de ser humanos y son esclavos de la luna.
     El maestro los vuelve sus esclavos, no sus compañeros, el recién nacido siempre al servicio de los antiguos. La metamorfosis y el hambre por la carne humana después de la primera luna llena nunca cesaba, podían pasar siglos de esa forma y nunca cesaba, el joven lobo siempre queriendo sobrepasar al viejo, el viejo manteniéndose fuerte y destrozando a los jóvenes. La caza y la depredación, siempre en un círculo que no acababa más que con la muerte del hombre lobo.
     Las marcas en su pecho y su estómago habían sido hechas por uno, entonces. La luna llena sería la noche siguiente, y entonces no habría forma de salvación, la habían dejado ahí sola para que el hambre y la desesperación hicieran su conversión más sencilla y sus instintos se desarrollaran con mayor facilidad, la muchacha estaba condenada.
     "Vete... no puedes ayudarme" -Sandra se recostó vencida en las rocas teñidas de sangre en su espalda, sus emociones a punto de ser expuestas hasta hacia un momento, nuevamente encerradas en su interior sin una explicación.
     Daniel consideró el asunto una vez más, ahora encontraba divertido el interferir con los planes de otros seres tan poderosos como él mismo, quizá buscar pelea para hacer sentir a alguien más miserable de lo que él...
     La sonrisa murió en sus labios antes de acabar de formarse, Sandra no se movía debajo suyo.
     "Morirás entonces"
     "No, no lo haré" -le respondió nuevamente la extraña mujer sin mover otro músculo en su rostro.
     "Entonces te convertirás en uno de ellos, ¿por propia voluntad?"
     "... yo," -era imposible conservarse humana en ese tipo de situación, el odio y un rencor salvaje se asomaron por sus ojos dorados, que en la penumbra brillaron con una incandescencia enceguecedora- "los mataré... acabaré con todos ellos, una vez que tenga la fuerza."
     Daniel rió, la mujer a sus pies lo miraba con desprecio creciente, pero Daniel no paró de reír en un buen rato.
     Luego, como movido por un impulso sobrehumano, cogió a la mujer de la cintura y la puso en pie abrazándola a él, sus piernas sin vida colgaban pesadamente bajo su cuerpo y la sangre que la cubría se derramaba con premura en el suelo. El rostro de Sandra era grave por el dolor pero no emitió ningún quejido.
     "Serás un criado a la orden de tu amo..." -los ojos púrpuras de Daniel brillaban fantasmalmente, mientras sus colmillos se mostraban con claridad- "sin conciencia para criticar nada... para alimentar cualquier tipo de venganza o emoción que no sea la sobrevivencia."
     Sandra puso toda la fuerza que le quedaba en sus brazos tratando de liberarse del repentino abrazo del vampiro sin lograr nada, y dándose cuenta de lo inútil de cualquier oposición.
     "Pero vengarte por tomar la decisión por ti no tiene nada de malo..." -continuó Daniel excitado al escuchar los latidos del corazón de su víctima pesadamente sobre su pecho- "es tu derecho, y yo puedo ayudarte."
     "Eres como él..." -llegó por fin la voz de Sandra, grave y despreciativa- "y no necesito tu ayuda ni la de nadie."
     Daniel rió, la mujer en sus brazos se resistía, y Daniel amaba romper con los deseos de otras personas.
     "Cuando venga la nueva luna perderás todo, ... perderás tu forma, tus recuerdos e incluso tu libertad de pensar y actuar de acuerdo a lo que deseas... no serás más que un esclavo a los pies de tu amo, cumpliendo todos sus deseos..."
     El rostro de Sandra por fin mostró una emoción, el terror se dibujaba en su rostro como si fuera la primera vez que sintiera algo en toda su vida y sus facciones aún no se ponían de acuerdo sobre qué mueca realizar.
     "Pero si, por el contrario, les ganamos adelantándonos..." -Daniel continuó, compadeciéndose auténticamente quizá por primera vez de esa extraña criatura y su desfortuna- "podrías tener una oportunidad de obtener tu venganza, con mi ayuda..."
     La noche estaba a una hora de acabar, Daniel entendía la premura del tiempo y lo mucho que había que hacer antes de que fuera demasiado tarde para nada más, estaba dispuesto incluso a tomarla por la fuerza a su lado si fuera necesario, con tal de garantizarse el odio de uno o dos de esos seres poderosos, sólo para tener un entretenimiento permanente por el resto del siglo.
     Pero Sandra no dudó ni por un segundo.
     "No seré tu esclava tampoco."
     Su voz nuevamente grave y monótona, le advertía, más que le informaba de su decisión, Daniel sonrió ampliamente mostrando todos sus dientes antes de hundirlos en la carne cubierta de sangre de su nueva víctima.

 

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